La temática de San Juan Bautista niño fue muy recurrente en la iconografía cristiana del Siglo de Oro, ya que permitía unir ternura y simbolismo teológico en un solo motivo. En esta obra en particular, Bocanegra subraya la dimensión afectiva y contemplativa del santo, alejándose del pathos dramático para centrarse en una atmósfera de recogimiento y delicadeza.
Obras como esta, pensadas muy probablemente para el ámbito privado o conventual, se insertan en una corriente más intimista del Barroco español, donde el acento no está en la grandilocuencia, sino en la comunicación emocional directa entre espectador y figura sagrada. Seguramente procedería de ese ámbito íntimo conventual y en 1944 se procedió al depósito desde el Museo de Bellas Artes a la Universidad de Granada.
Vemos representado a San Juan Bautista en su infancia, en una escena íntima y serena, apartado en un entorno natural. El niño aparece semidesnudo, cubierto por un paño rojo que contrasta con los tonos oscuros del fondo, mientras acaricia con ternura a un cordero blanco, símbolo de Cristo y de su futura misión como precursor del mismo. A la derecha de la composición se distingue la tradicional cruz de caña, atributo iconográfico del santo que alude a la Pasión de Cristo, siendo de caña y no de madera para representar la humildad y vida ascética del santo; y la filacteria recoge su mensaje profético como precursor, anunciando a Jesús como el Cordero de Dios, de ahí que lleve una filacteria enrollada en la que se lee "Ecce Agnus Dei".
La composición se organiza en torno a una diagonal suave que conduce la mirada del espectador desde el rostro de San Juan que mira al cielo, hacia el cordero, estableciendo un diálogo visual cargado de afecto y simbolismo. El espacio natural que lo rodea —una gruta o escarpado rocoso— contribuye a reforzar el carácter contemplativo y espiritual de la escena.
En cuanto al uso del color, Bocanegra emplea una paleta predominantemente cálida y terrosa, dominada por ocres, marrones y rojizos, que acentúan el claroscuro barroco y otorgan corporeidad a las figuras. El rojo del manto funciona como punto focal cromático, mientras que el blanco del cordero introduce un valor simbólico y lumínico dentro de la penumbra envolvente.
Técnicamente, el tratamiento pictórico es delicado, especialmente en el modelado del rostro y las extremidades del niño, con transiciones suaves que reflejan el dominio de la luz y la materia característico del Barroco. La pincelada es minuciosa, pero no rígida, y permite captar tanto la textura de la piel como la suavidad del pelaje del animal.