La obra En silencio, callado, sin decir nada, de Emilio Fernández Garrido, se articula como una reflexión sobre la frontera entre la visibilidad y la ausencia, entre el espacio de lo perceptible y aquello que permanece oculto. Constituida por dos elementos complementarios, la pieza adopta una apariencia estructural cercana a la celosía o reja conventual, evocando los límites físicos y simbólicos que median entre el mundo interior y el exterior, entre lo espiritual y lo mundano.
Formalmente, la composición se organiza en una trama ortogonal que alterna llenos y vacíos, estableciendo un ritmo visual que sugiere orden y contención. La aparente simplicidad geométrica encierra, sin embargo, una intensa carga poética: la repetición de los módulos, la opacidad parcial de la superficie y la sombra que proyecta el conjunto crean un juego de tensiones entre cierre y apertura, silencio y comunicación.
El tratamiento matérico conjuga materiales de distinta naturaleza y el impactante contraste cromático de un intenso rojo y un denso negro, en un diálogo entre textura, oscuridad y luz. Este contraste refuerza la sensación de umbral, de límite permeable que no impide la mirada, pero la filtra, la disciplina y la transforma. La austeridad cromática y la sobriedad constructiva acentúan el sentido introspectivo de la obra, vinculándola a una estética del recogimiento y la contención.
El título, deliberadamente tautológico, intensifica la dimensión conceptual de la pieza: En silencio, callado, sin decir nada no describe un estado, sino una actitud. En ella resuena la idea del silencio como espacio de reflexión y como forma de resistencia frente al exceso de ruido y exposición contemporáneos. Desde esta perspectiva, Fernández Garrido convierte la estructura visual en una metáfora del límite, no solo arquitectónico, sino también psicológico y espiritual, donde lo que no se ve ni se dice adquiere el mayor protagonismo.